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LOS PECES DE LAS COPAS DE LOS ÁRBOLES
Una mañana cogí todo el agua del mar y lo metí en una botella. A la gente esto no le pareció bien y me mandaron a devolverla a su lugar de origen. Cuando estaba terminando de vaciarla me di cuenta de que el mar no tenía vida, todos los peces estaban subidos en las copas de los árboles de las orillas. Y no tenían ninguna intención de volver a su hábitat. Alguno decía que ya estaban hartos de pasar todo el día mojados. Después de intentar negociar su retorno sin éxito volví a mi casa desolado por el lío que se había formado. Al día siguiente el sol no salió. Las nubes estaban cerradísimas y descargando agua como nunca se había visto, aún así se atisbaba la presencia de la luna en todo su esplendor y eso que no le tocaba estar llena. Viendo cómo el viento soplaba con furia empujando las aguas hacia las orillas, llegando éstas a tocar la base de los árboles, me di cuenta de lo que estaba sucediendo. Las fuerzas de la naturaleza se habían puesto de acuerdo para intentar que el agua cubriese los árboles y, de esta manera, devolver a los peces al lugar del que nunca deberían haber salido. La lluvia iba a hacer que el nivel de las aguas subiera, la luna, que domina las mareas, con la ayuda del viento iban a dirigir la orientación de las aguas hacia el lugar deseado y el sol mejor que siguiera escondido para que no se evaporase ni una gota. En pocos días consiguieron abrazar una gran cantidad de peces. Éstos cuando entraban en el agua se sentían mejor e intentaban animar a los que quedaban fuera. Pero todos los esfuerzos no alcanzaban. Los seres terrestres y aéreos, que se encontraban refugiados en las montañas ante tan pavorosa situación, los que sabían nadar, decidieron lanzarse al agua para ganar unos cuantos metros. Incluso los hombres, siguiendo el ejemplo de los animales, también se pusieron a remojo. Se llegaron a cubrir todos los árboles de las orillas, pero no fue suficiente. A algunos peces subidos en lo más alto no se les llegaba, yo conseguí distinguir de entre ellos a un ejemplar de morena macho que miraba hacia las aguas con indiferencia. Esta situación no podía continuar así, tantos días sin sol había hecho que las temperaturas descendieran muchísimo, las nubes estaban secas y el viento se quedó sin fuelle. La luna que era la única que conservaba algunas energías gracias a ser la única que recibía los rayos del sol, con la lucidez que siempre le ha caracterizado, decidió que, por el bien de la tierra y de los seres que habitan en ella, era momento de parar la misión, y que los pocos peces que se hubieran quedado en las copas de los árboles ya habían elegido destino. Pasaron los días y todo volvía a estar ordenado. Casi todos los peces en las aguas en sus cuencas y cauces, los hombres y los animales descendieron de las montañas, y la vegetación brotaba exhuberante gracias a la humedad que había quedado en el suelo. Una vez visto este panorama volví a mi casa y dormí tranquilo. Desde que ocurrió este suceso, cada vez que alguien siente lástima de sí mismo mira a las copas de los árboles por ver si descubre algún brillo que, seguro será de alguna aleta o lomo de pez de aquellos que quedaron encaramados, y de esta manera se puede consolar. |